«Escribí mi primer artículo en
papel de envolver jamón»
Para los de izquierdas era un cavernícola; para los de
derechas, un rojo. Pero él siguió fiel a su destino de periodista, un oficio
que considera muerto
Él no lo supo
hasta mucho después, pero Nicolás Salas empezó a ser periodista el día en que
su tío José, arrancándolo del regazo de su madre, lo tiró por la ventanilla del
tren en la estación. Allí lo esperaba un
tal Bernardo, camarero, con quien estaba convenida la operación de rescate.
Tras haber sido abandonados por el padre en Valencia, la señora acertó a
rehacer su vida en Barcelona y allá que se lo quería llevar. ¿Pero qué va a
hacer el niño en Barcelona, Carmencita? ¡El niño no se va!, repuso entonces
su tío, que sin ser de su sangre fue un verdadero padre de la cabeza a los
pies, «un superpadre» para aquel pequeño, entonces llamado Colín. Ahora, con
83 años cumplidos y en la cima de su lucidez, cuenta aquellos y otros episodios
de su vida con la sonrisa cascabelera de un chiquillo, la espontaneidad y el
arranque salpicado de tacos de un adolescente y la emoción al punto de
la lágrima de un señor mayor. Sobre todo, cuando recuerda a la veintena de
amigos que cita siempre con sus dos apellidos y a los que, según dice, debe
todo cuanto fue.

«Soy sevillano desde
que me tiraron por aquella ventanilla», dice, jocoso, quien con los años se
convertiría en el director del más exitoso ABC de Sevilla jamás conocido,
el de los 86.000 periódicos vendidos cada domingo, previo paso por otras
redacciones y por otros oficios, como suele ser habitual en estas lides. El
destino de periodista lo había llamado a filas ya con diez u once años en su
casa de la Pañoleta, donde su tío regentaba el restaurante Rancho Alegre. «Allí
hacía yo mis periódicos. Escribía de Truman, de la bomba atómica... no te
puedes imaginar». Ese mismo destino que lo había arrojado al andén años atrás
le puso por delante al secretario de Camas, Manuel Alarcón Martín, que de
camino iba todas las tardes al bar a tomar café. «Y me decía: Colín, ¿tú
quieres ser periodista? ¡Pues claro!, le dije yo». Aquel hombre,
abogado, le dio una tarjeta de un amigo suyo, director del periódico Sevilla,
Celestino Fernández Ortiz, y allá que se fue él con sus reportajes sobre Truman
y el jaleo nuclear. «Cogí todos mis artículos aquellos, me puse unos
pantalones largos que me había prestado un amigo (porque yo solo los tenía
cortos) y me fui andando desde la Pañoleta hasta la calle Santander en vez de
coger el tranvía. Era mayo del año 50». Don Celestino lo recibió al fin y con
la lógica condescendencia le explicó que allí de política exterior solo
escribía él y que no era plan que viniera nadie a pretender quitarle el
trabajo, pero que el asunto tenía remedio, habiendo tantas cositas locales de
las que poder hablar. Así que, tras valorar que se avecinaba la cosecha, saber
que el chiquillo vivía en la Pañoleta y barruntar que allí, a decir de la
gente, había bastante campo, le encargó un artículo titulado El campo en la
actualidad. Colín se juntó con el arrendatario del maizal de enfrente del
restaurante y de la charla con él obtuvo los datos. «¿Y cómo lo escribo?»,
me pregunté. Pues nada: allí donde yo vivía, en la esquina que va para Camas y
Castilleja, había y sigue habiendo la Bodega San Rafael, que tenía dentro un
bar y una tienda de comestibles. Aquello era de Edelmiro Rodríguez, que tenía
dos hijos, Edelmiro y Juanito, y éramos muy amigos. Me dejaron escribir en una
máquina que tenían, una Remington. Y me dicen: El papel más bueno que
tenemos es el del jamón. Y en un pliego de envolver el jamón escribí mi
primer artículo, El campo en la actualidad. Cuando salió publicado era
bastante distinto de lo que yo había escrito. Salió en el centro de dos
páginas y cogía medio artículo en una y el otro medio en la otra, y yo estaba
que parecía que me había tocado el gordo de Navidad. Además, firmé Nicolás
de Salas, nada de... ja, ja, ja».
Pero el periodismo,
que putea a todos sus devotos como buena religión, le tenía previsto ya por
aquel entonces su primer desplante: la repentina muerte de su tío lo dejó «con
una mano delante y otra detrás», y echando a un lado sus delirios de plumilla
intentó ganarse la vida en la Legión. «Pero el sargento que había allí me dijo:
Mira, hijo, tú no puedes ser legionario porque eres una calamidad física.
Yo pesaba 48 kilos y siempre he sido muy inútil físicamente. ¡Ahora estoy rey!
Yo no me he muerto catorce o quince veces de milagro. Yo hasta que me casé
no me puse bueno. Me casé y se terminaron todas las enfermedades. Hasta los 28
años en que me casé, yo era una calamidad viva». De vuelta de la Legión
acabó entrando de aprendiz en un comercio textil de la calle O’Donnell,
Almacenes Santos. «Todavía se pueden ver allí sus grandes cristaleras», comenta
Nicolás. Para no tener que barrer y limpiar esos cristales, que le daba
vergüenza, se fue para el encargado, Lebrato, y le dijo que por qué no cortaban
todo el muletón que había sobrado de hacer los forros de las pellizas de los
soldados y los vendían para algofifas. La ocurrencia gustó tanto que esa noche
lo pusieron de rodillas en medio de todos y allí mismo, con un metro a modo de
espada y fingiendo una solemnidad que era puro cachondeo, lo nombraron Representante
de Algofifas como a quien nombran caballero. En una semana había vendido
todo el muletón por los bares y las freidurías del barrio. «Me dice Lebrato:
Pues ahora tendremos que inventarnos otra cosa si no quieres limpiar
cristales, por ejemplo vender sábanas, toallas y esas cosas, para las pensiones.
Y el muy cabrón me dice: El primer sitio adónde vas a ir va a ser a la
pensión esa que está en la calle Olavide, que era una casa de putas y yo no
lo sabía. Y yo me presento allí con mi caja. Dentro había un patio y una enorme
cornucopia. En las paredes, los retratos de Franco, José Antonio y Fleming, y
un Corazón de Jesús. Yo me quedé mirando todo aquello diciéndome qué cosa
más rara. Total, que salió una señora, le enseñé lo que llevaba y ella
llamó a las niñas y empezaron a salir de un lado y de otro». Tan famoso se hizo
con sus ventas a discreción que lo llamaron de otro comercio de la calle
Francos, ya para ser dependiente. Y cosas del azar, allí estaba Lanas Parejo,
la tienda del padre de Antonia, la que acabaría siendo su esposa con los años. De
allí pasó a trabajar con un impresor en Luis Montoto haciendo una revista de
motos y el Serva, «la primera publicación que tuvo el Sevilla FC». Dando un
rodeo, había vuelto al periodismo. La Hoja del Lunes, El Correo, Oiga...
«¿Que si me he arrepentido
alguna vez de este oficio? Todo lo contrario», repone Nicolás Salas. «Ser
periodista es lo mejor que he podido ser en mi vida. Es lo que me ha facilitado
hacer el bien, luchar por la verdad y por los desfavorecidos». Eran otros
tiempos, dice. «No reconozco el periodismo de hoy», afirma a quemarropa.
Asegura que ya lo predijo en el 81, en su discurso de agradecimiento por el
Premio Luca de Tena, gracias a su singular talento para predecir
acontecimientos venideros. «Y vi lo que se venía encima: la desaparición del
periodismo, porque había desaparecido la empresa periodística. Si no hay
empresa periodística, no puede existir el periodismo. Esa es la clave. Si
hay empresa periodística, hay directores y hay redacciones; si no, no puede
haber nada. Y la empresa periodística se fue a la mierda. Fue avasallada,
triturada, comprada por los que quieren usar los periódicos para su beneficio
particular, no para defender la verdad ni mucho menos a la sociedad. Y por
supuesto, la profesión ha sido laminada, ha desaparecido. Hoy no existe el
periodismo. Existen funcionarios, personas que trabajan para periódicos como
podrían trabajar en una ferretería. Porque se ha perdido la independencia».
Habla
maravillas de la redacción que él gobernó durante seis años. «Y todos eran
comunistas o socialistas» confiesa, y eso que era el ABC. «Me decía Guillermo Luca de Tena: Pero vamos a ver, Nicolás, ¿cómo es
posible que hagas un periódico tan de derechas y tan conservador con una
redacción en la que son todos rojos? Florencio, Carrizosa, toda la patulea,
más rojos que la gran puñeta y todos con veinte años. Y digo: Pues muy
sencillo, porque son profesionales antes que comunistas». Y si no, por si
acaso, él revisaba todos los días hasta los anuncios por palabras, uno a uno.
«El que no me entraba por el ojo, lo quitaba». Los que sí que arrancó de
cuajo fueron los de contactos. «Me parecía una inmoralidad defender en el
editorial y en la portada una filosofía de vida y luego en las últimas páginas
ofrecer pornografía». Al día siguiente de dejar la dirección, salieron dos
páginas de contactos. «Estaba ya preparado, ja, ja».
Nicolás Salas
tiene una enfermedad crónica de sus tiempos de periodista que no ha logrado
curarse: se acuesta a las tres y media o las cuatro de la madrugada y se
levanta más allá de las diez. Para
compensar el destrozo, duerme siesta a diario de forma irrenunciable, en la
cama y al estilo de Cela: pijamita, padrenuestro y orinal. «Ya los periódicos
no se hacen así», comenta. «Y eso que cuando fui director conseguí cerrar a las
diez de la noche, porque antes se cerraba a las cuatro o las cinco de la
mañana, ¡el cierre!, pero para cambiar eso tuve que enfrentarme a todo el
mundo, porque, curiosamente, los más beneficiados eran los más reacios».
Aquella fue, dice él
sin dudarlo, «la etapa más brillante» de su «vida interior». Y eso que estaba
«totalmente solo» ante el peligro. «Solo contaba con la esperanza y la
confianza de mis tres banderilleros, que estaban en tres fotitos delante
de mí, en mi despacho: Sor Ángela, el padre Tarín y Spínola. Y lo fueron». El
problema se resumía en una contradicción: él, como director de ABC, «era rojo
para las derechas y cavernícola para las izquierdas. Hicieras lo que hicieras,
nunca dabas en el clavo». Para ambas facciones políticas tiene un par de
cosas que decir: «La derecha social es insaciable y la derecha política es una
mafia. Y en la izquierda pasa exactamente lo mismo. Los de Fuerza Nueva fueron
a pegarle una vez, cuenta, por defender la bandera de Andalucía, una de sus grandes
batallas periodísticas. «Entonces no había seguridad en los periódicos ni nada.
Yo estaba dando una conferencia en Aracena y cuando volví por la noche me dice
el secretario, Manuel Rodela Medina: Nicolás, te has salvado de una buena.
Cuando me doy cuenta han entrado en tu despacho varios cafres. Venían a darte
una paliza, y si llegas a estar te la dan, claro». No fue la única vez que
sospecha que le quisieron partir la crisma, entre los juramentos de los
carniceros de la Encarnación, las pintadas por toda Sevilla –y, en particular,
debajo de su casa–, las amenazas de la ETA y del Grapo... Una vez llamaron a
su mujer y le hicieron creer que se había matado en el coche camino de Madrid.
Las horas que mediaron hasta que él acertó a llamar al periódico fueron
angustiosas para todos, en especial para su esposa, que si no picó el anzuelo
fue por lo bien «aleccionada» que estaba por su marido, a la voz de «no te
creas nada de lo que te digan, salvo que te lo diga Rodela o yo mismo».
Pues sí, pues sí: «La
izquierda estaba siempre contra el periódico y contra mí, pero eso lo
consideraba una obligación moral de ellos, porque para ellos ABC era el
demonio. Pero la derecha, a la que yo defendí exponiendo mi vida, consideraba
que el periódico era suyo y que el director tenía que ser un amanuense a su
servicio. La derecha no solo quería que se la defendiera, sino también que se
hiciera lo que ellos creían que tenía que hacerse. Y si no, eras un rojo. Esa
sevillanía asquerosa y repugnante que se cree dueña de la ciudad».
Como llegó a
tener una sección de tráfico en el periódico, Joaquín Romero Murube le puso de
apodo Semaforito, y el editor José Manuel Lara se lo copió. Fue Lara quien le publicó su primer libro, Andalucía, los siete
círculos viciosos del subdesarrollo, con los artículos de la sección que le
habían prohibido, Números cantan. Aquí, no había manera. He ahí Sevilla.
Una de las
grandes virtudes de ser Nicolás Salas es que uno puede repartir estopa sin
recato y de forma bien argumentada a todo el que la vaya pidiendo a gritos. En su opinión, aquí más temprano que tarde acabará habiendo una guerra
civil tras la desmembración de España. De los grandes partidos dice que son «el
cáncer» del país. «Son dos partidos indeseables, mafiosos, que deben
desaparecer y refundarse». De los otros.... Ciudadanos dice que no le sirve, y
a Podemos lo pone a caer de un burro. Él se declara abiertamente
joseantoniano y republicano, «que son dos utopías». Hay tantas cosas que no
se explica de los políticos... Por ejemplo, que con tantos años de ayuntamiento
socialista no haya habido «un solo concejal» en Sevilla que haya dicho que qué
pasa con el Patio de los Naranjos, que se le prestó a la Catedral para una
exposición en el 92 «y que no devuelven porque no les sale de los cojones». «Y
esto es solo un ejemplo; nos podríamos pasar dos días». Porque Sevilla es
así, «una ciudad que se autodestruye cíclicamente». Y además, «como te
alces en defensor, te patean». Que tenga que venir a decirlo un valenciano...